Tres metros de hielo puro nos cerraron el paso, impidiéndonos regresar por el mismo camino. No quedó más opción que retroceder sobre nuestros propios pasos, hundiéndonos una vez más en la nieve. En la montaña, el respeto no es negociable. Y eso que nunca fui de tener demasiado miedo. Pero quizá sea la edad, algún accidente que otro, o simplemente que el amor por estos lugares se ha vuelto más sereno. Ahora calculo las consecuencias de una caída.
Es curioso cómo ayer por la tarde atravesamos un sendero efímero, y esta mañana ya no existía. Visible, sí, pero desaparecido. Nuestras huellas habían quedado atrapadas en el hielo, verticales y amenazantes. En invierno, la tierra aquí arriba es otra: blanca, dura, inmutable.
El sol nos acompañó todo el trayecto, y no dejábamos de comentarlo. Estoy seguro de que esa insistencia en hablar del calor tiene algo de atávico, una cuestión de supervivencia. Frente al frío, el fuego es solemne; es lo que te hace pensar con claridad.
Llegamos tarde al refugio López Huici, con la noche ya encima. El último tramo fue agotador: seis horas caminando pasaban factura, y las rodillas, hundidas en la nieve azul oscura, pedían descanso.
Ya había dormido aquí antes, una vez, en pleno verano y en mitad de una ola de calor. Recuerdo haber salido a las cuatro de la madrugada a dormir fuera; el interior del saco se volvía insoportable. Me inquietó la idea de estar a más de 2000 metros de altura y sudar en plena noche. Pensé en el planeta, en quienes niegan el cambio climático, en los que explotan estas montañas en busca de beneficio. Pensé en las generaciones que vendrán.
Esta vez, en cambio, nuestra preocupación era otra: encontrar leña. Definitivamente, una empresa muy distinta a la de aquel verano sofocante.